Historias del pasado

El nombramiento de los organistas fue motivo de inacabables litigios, pasando de ser designados por la corona en las iglesias que eran Patronato Real a los señores que les sustituyen por delegación.

Las cosas empiezan a cambiar a partir del siglo XVI, cuando el Papa León X permite los enterramientos en las iglesias de religiosos Franciscanos “a cuantas personas lo demandasen”.

Esta disposición trajo consigo innumerables pleitos con las parroquias, al entender que podían realizar enterramientos y honras con funerales de 1ª, 2ª y 3ª clase lo que el cabildo parroquial consideraba un agravio.

Entre las ocupaciones de los religiosos estaba el de vicario del coro que, como tal, empezó a encargarse de tocar el órgano y en su caso de nombrar al organista. Al ser las honras de 1ª, la familia además de aportar 10 o 12 fanegas de pan, de poner los bueyes a la puerta del convento y entregar por ello 200 reales, tenía que darle al organista dos onzas de chocolate y una botella de vino. Al celebrarse las Memorias (dos veces en domingo o festivo por la mañana), al organista por su participación se le entregaba una botella de vino clarete.

Durante el siglo XVII ya era habitual en Guipuzcoa, que los señores nombraran a los organistas. En 1.617 Martín de Abendaño y Zabala como señor de Olaso y único Patrón de la iglesia de San Bartolomé de Olaso, nombra organista para dos años a Blasio Abad de Garate. En el acto de toma de posesión del cargo, había que presentar el contrato al beneficiado de la parroquia quien en presencia del escribano le entregaba la llave del órgano. A continuación el nuevo organista lo abría y lo hacía sonar, pasando desde aquel mismo instante a desempeñar el cargo (1).

Un contrato de organista que puede considerarse representativo de los que se acordaban en la época, es el inscrito en 1644 en la entonces llamada Universidad de Irún Iranzu. En esta ocasión son los mayordomos de la iglesia parroquial y sus patronos los que nombran organista a Joanes de Berrotaran, contratándole por espacio de seis años quedando obligado a tocar el órgano “todos los días de las Pascuas, domingos y fiestas solemnes”. Siempre que tuviese que tocar el órgano, debía acudir con toda puntualidad a las misas y vísperas. Por esta ocupación le pagarían 60 ducados como salario anual, siendo 30 de ellos en moneda de plata y los otros 30 en moneda de vellón.

Del mismo modo llegaron a un acuerdo entre los patronos y el organista para que en todos aquellos entierros, honras y funerales que participase en la parroquia, se le debía dar lo mismo que a los beneficiados de ella. También le permitían al organista o a la persona que designase, que por el mes de agosto, pudiese pedir trigo y maíz por los caseríos y las casas pertenecientes a la Universidad de Irún Iranzu, pues consideraban que podía ser una ayuda a su salario. Por otra parte los patronos, durante este período estipulado, no podían contratar a otro organista, aunque se ofreciese a trabajar con menos sueldo o que fuese más habilidoso tocando el órgano. Tampoco podían bajarle el sueldo bajo ningún concepto. Por su parte Joanes de Berrotaran estaba obligado a ser el organista de esta parroquia durante los seis años estipulados y no podía dejar la plaza aunque en otro lugar le ofreciesen mejor sueldo (2).

Los problemas de insuficiente retribución de los organistas ya se planteaban hace más de 250 años pues en 1731 la iglesia parroquial de Santa Marina de Oxirondo, no tenía el dinero suficiente para mantener a un organista y los mayordomos Manuel Elcoro y Miguel Ignacio Urdangarin, deciden pedir permiso al Obispado de Calahorra, para poder utilizar el dinero que un feligrés había dejado por testamento. El legado era un caserío sin deudas y con una renta anual de 70 ducados, decían “efectivos y seguros” que, en aquella época era un dinero importante para poder contratar a un organista de prestigio (3).

En 1773 a Andrés Arruti, natural de Regil y organista de las parroquias de San Bartolomé de Kalengoen y de la de Olaso de Elgoibar se le presenta la oportunidad de examinarse y optar a la plaza de “maestro de escuela de niños de primeras letras”. El sueldo (150 ducados de vellón al año) le parecía lo suficientemente atractivo y mucho mayor de lo que cobraba como organista, por lo que podría mantener mucho mejor a su familia. De los presentados consigue ser el primero y no duda en dejar su cargo de organista y acepta el de maestro (4).

Resulta todo un precedente que ya en 1752 se nombrara a una mujer organista del convento de Santa Clara de Elgoibar. En aquella época las religiosas necesitan una persona que dirigiese y enseñara los cantos religiosos y a su vez ejerciera de organista en los servicios, para lo que tras obtener el “permiso del Padre Provincial de Cantabria” nombraron a Agustina Ignacia de San Nicolás y Inda de Pamplona que llegó “acompañada de su padre por ser menor de edad, pues tenía únicamente 24 años”. (La mayoría llegaba a los 25 en la época).

La nueva organista como religiosa de “velo negro”, se compromete a ejercer durante “todos los días de su vida” en los dos oficios: cantora y organista, estando obligada a enseñar “canto llano” y “canto de órgano” a las demás religiosas que quisiesen además de “tañer el órgano” debiendo estar dispuesta a hacer cuanto estuviese en sus manos para dar un servicio efectivo a su comunidad. Por medio de este compromiso quedaba exenta del pago de la dote (en aquella época la que deseaba entrar a formar parte de una comunidad de religiosas estaba obligada a abonarla) y anualmente la madre abadesa, estaba obligada a su vez, a abonarle 10 ducados por sus servicios (5).

Transcurrido más de un siglo, este convento, nombra a una novicia de 19 años para que haga las veces de organista. María Cruz Santa Brígida Olabegoitia, que era la afectada, natural de Berriz de Vizcaya, no tenía que pagar la dote al entrar a formar parte de las religiosas del convento comprometiéndose a cumplir fielmente su compromiso de religiosa de coro, de velo negro y el cargo de organista.

En esta ocasión la madre abadesa no se compromete a darle un dinero anual, aunque sí a mantenerla con los vestidos necesarios para que fuera como las religiosas del coro del convento (6).

Simon ArtolazabalSimón Artolazabal organista de Antzuola, posiblemente el más veterano de los que siguen en activo.

Benito EtxabeBenito Etxabe, organista de San Miguel de Artadi (Foto Javier Carballo 1991).

 

(1) A.H.P.G.O. L-1-1362, 2 de Febrero del año 1617.

(2) A.H.P.G.O. L-1-1.418, folio 58.

(3) A.H.P.G.O. L-1-538, folio 217.

(4) A.H.P.G.O. L-1-1.713, folio 1.

(5) A.H.P.G.O. L-1-1.692, folio 113

(6) A.H.P.G.O. L-1-4.437, folio 233