Vendedores destacados

Algunos eran originarios de nuestro País, pero en su mayoría, gallegos y castellanos. Conocidos vendedores ambulantes en los pueblos y caseríos de la cuenca baja del Deba, hacia la década de los veinte del siglo XX, fueron, Loyola de Eibar, quien vestido con una blusa, recorría la zona con un carro de dos ruedas cubierto por una lona y tirado por un caballo; y "Coro", de origen gallego, residente en Elgoibar, vestido habitualmente con traje de pana y grandes botas, y que portaba los artículos sobre su hombro envueltos en un fardo que sujetaba con la vara de medir las telas.

Uno de ellos fue Andrés Anta, nacido en Zamora quien comenzó a desempeñar este oficio en 1950, con 14 años, desde Tolosa, donde adquiría sus productos junto con otros compañeros que recorrían toda la cuenca del Oria y zonas colindantes de Navarra.

Con frecuencia salía de viaje para varios días deplazándose en autobús a Berastegui, para desde allí dirigirse andando, cargado con el fardel y visitando los caseríos, hacia Leiza y Areso, trabajando a la vuelta por Elduaien y Berrobi. En otras ocasiones se desplazaba a Goizueta, para, tras alquilar un burro con el que transportar su mercancía, trabajar esa zona y la de Arano, hospedándose en la venta de Arranbide entre ambas poblaciones, y pagando hacia 1950 por dormir 20 pesetas y 12,50 por la comida. De la misma forma visitaba Oñati, subiendo por carretera a Arantzazu, así como las zonas de Zegama Otzaurte, y Mutiloa Zerain.

Durante un tiempo se trasladaba para toda la semana a Azpeitia en autobús, instalándose en una pensión, para desde allí recorrer todo su entorno, volviendo los sábados a Tolosa para reponer mercancía y preparar los pedidos conseguidos que repartía la semana siguiente.

ContrabandistasContrabandistas cruzando los Pirineos.

Hasta mediados los años cincuenta, cobraba siempre en mano, pero a partir de esas fechas precisó diferir los cobros a varias mensualidades, lo que le restaba liquidez y ajustando su situación económica. Una década más tarde, ya le empezaron a surgir algunas dificultades para cobrar en algunos casos, situación que fue aumentando lentamente con los años.

Recuerda que al inicio de sus actividades, en algunas ocasiones y junto con otros compañeros, pasó tela azul, “mahón de Vergara”, a Francia a través de la frontera por la zona de Zugarramurdi y Dantzarinea, cargada sobre burros que recogían en Elizondo. Este articulo era muy apreciado al otro lado de la muga, donde lo entregaban a vendedores franceses.

En su opinión, en las zonas urbanas era difícil vender, pues los posibles clientes preferían efectuar sus compras en los comercios locales. Recuerda que a algunos de sus compañeros les fue bien económicamente y a otros no. En 1974, ante el incremento de las dificultades para vender, optó por dejar su oficio y emplearse en la industria.

Hacia la década de los sesenta del siglo XX, con la motorización y la apertura de caminos medianamente practicables para vehículos de motor, los vendedores comenzaron a desplazarse en automóvil, lo que les redujo el esfuerzo físico necesario y les permitió transportar más variedad y cantidad de artículos. Sin embargo, el simultáneo abandono de las zonas rurales y el mejor acceso a las zonas urbanas de los habitantes que quedaban, con la consiguiente mayor capacidad de comprar en ellas, fue reduciendo el mercado de los vendedores ambulantes en los caseríos, de forma que no surgieron nuevos y los hasta entonces en activo, fueron desapareciendo a medida que avanzaban en edad.

Uno de los últimos vendedores ambulantes ha sido Agustín Pérez, nacido en Galicia en 1922, y que se inició en el oficio a los 13 años en casa de unos familiares, en Mondragón, que ya se dedicaban a la venta ambulante de ropa y tejidos. A esa edad recorría los caseríos con una pequeña maleta y un bocadillo, saliendo de casa por la mañana y volviendo al atardecer.

En los años cuarenta se instaló en Mutriku, continuando por su cuenta con el oficio aprendido, pues obtenía mayores ingresos que en otros trabajos; "en la fábrica se ganaba poco y, además, la comida en aquellos años era cara".

Desde allí trabajaba, de caserío en caserío, una zona limitada por Usurbil, Bergara y Lekeitio, y desplazándose en tren y en los autobuses de "La Esperanza", y seguidamente a pie, con dos maletas, una en cada mano, por itinerarios fijos que repetía cada dos semanas, regresando a su domicilio al final de cada jornada.

En sus primeros años, incluso, portaba en su espalda una caja de madera con pequeños cajones, en los que transportaba además de botones e hilos, tijeras, navajas, útiles para el afeitado, rosarios y hasta algo de joyería en alguna época, artículos que abandonó para especializarse en tejidos, pues eran más rentables.

Compraba sus artículos en un almacén de Bilbao y posteriormente en uno de Deba y poco a poco, fue haciéndose una buena clientela.

En su opinión el baserritarra era receloso al principio, pero si veía en el otro a una buena persona, se abría y confiaba. Con el tiempo fue conociendo a la clientela, sus gustos y necesidades, y especializándose en tallas grandes, pues en el caserío abundan las complexiones fuertes y los caseros no encontraban fácilmente las tallas adecuadas. Él conocía las tallas de los habitantes de los caseríos que cada día iba a visitar y procuraba seleccionarlas previamente en el almacén y llevarlas consigo.

En el caso de no disponer en el momento de lo que le pedían, tomaba nota y lo buscaba para entregarlo en su próxima visita. Lo mismo hacía con telas, que sus clientes elegían en un muestrario e incluso, con sábanas y manteles, de forma, que una vez tomadas las medidas, él se ocupaba de entregar el tejido a mujeres que las confeccionaban, para seguidamente entregarlas en los caseríos.

Procuraba llevar siempre artículos de buena tela y bien confeccionados, nunca engañar, y mantener siempre una relación seria y buena. Si no conseguía ninguna venta en un caserío después de tres o cuatro visitas, no insistía y dedicaba su esfuerzo a otros. Con el tiempo fue haciéndose conocido y ganándose la confianza de una clientela fiel, que él procuraba atender bien.

El precio era fijo, y de nivel similar al de los comercios, no había regateo y el pago era al contado, salvo excepciones, como cuando se trataba de preparar el "arreo" de una joven que se casaba y la cantidad era importante; en estos casos se demoraba el pago.

Conocía suficientemente el euskera como para exponer sus productos y tratar de la venta con sus clientes.

A pesar de caminar, cargado, del orden de 15 kilómetros al día por caminos de tierra, visitando más de 10 caseríos, no lo recuerda como algo penoso. Varias veces tuvo caídas y accidentes, aunque afortunadamente sin consecuencias y a veces cargaba sus mercancías sobre el burro de la mujer que volvía al caserío o que, incluso necesitando comprar algo, le esperaba en la carretera.

De esta forma llegó a conocer gran parte de los caminos y de la zona, y en sus recorridos no era excepción encontrarse con el médico, que se dirigía a algún caserío a visitar a un enfermo.

Vendedora ambulanteVendedora ambulante. (Fototeka Kutxa).

MieleroMielero, que tradicionalmente, ha vendido su producto de forma ambulante. (Fototeka Kutxa).

Entre los recorridos que frecuentemente efectuaba, podemos mencionar los siguientes:

  • Desde Deba, hasta donde se desplazaba en autobús, se dirigía, siguiendo el canal de abastecimiento de agua, al barrio de Lastur; tras comer en la taberna del lugar, subía hacia Itziar por Chapasta y volvía a Deba por el antiguo camino que baja a la ermita de San Roque.
  • Desde Urberuaga (Markina) iba por la carretera local a Larruskain donde comía y seguidamente se dirigía a Mutriku ,pasando por el caserío Isasi y el barrio de Olatz.
  • Dejando el autobús en Berriatua subía a la ermita de La Magdalena y visitando el caserío Iturrino por Amei y Olatz, volvía a Mutriku.
  • Desde Lekeitio se dirigía a Ondarroa, pasando y visitando los caseríos de Oleta, alto de Milloi y Berriatua, desviándose en ocasiones a Asterrika.
  • Saliendo de Mendaro subía por Ospas hacia el monte Arno, alcanzando el collado de Arnoate, para finalmente bajar a Mutriku.
  • >Desde Zarautz, a donde llegaba en tren, subía hacia el alto de Meagas y desde allí a San Miguel de Artadi para bajar a Zumaya, donde volvía a coger el tren de retorno.
  • Saliendo de Aizarnazabal, se dirigía a Oiquina, terminando en Zumaya.
  • Por Orio, subiendo por el camino que se dirige a Igueldo, se encaminaba a Ventas para bajar seguidamente a Usurbil.

En 1963 compró un automóvil Seat 600 que durante muchos años fue su instrumento de trabajo, le evitó las largas caminatas y le permitió aumentar el número diario de caseríos visitados, pues para esta fecha muchos iban mejorando sus accesos, de forma que, aunque en casos con dificultad, se podía llegar hasta ellos en automóvil. Este modelo de coche cargado hasta el máximo de mercancía, de forma que apenas tenía visibilidad, se desplazaba bien por aquellos caminos y cuestas, de forma tal, que considera que con otro modelo no habría podido hacerlo.

Conoció otros vendedores que desempeñaban el mismo oficio en el ámbito rural, unos vascos y otros también de origen gallego, que fueron dejándolo poco a poco por su edad y por la reducción de las posibilidades de venta, debido, al mayor acceso que los habitantes de las zonas rurales iban consiguiendo a los núcleos urbanos, de tal forma, que hacia 1980 ya era el único en la zona.

Sin embargo, considera que sus ventas no fueron disminuyendo con el cambio de los tiempos, lo que él atribuye a que ofrecía los productos que necesitaba una clientela, en su propio domicilio y de forma periódica, lo que suponía para ella una ventaja.

Además era conocido y había conseguido una clientela fiel que confiaba en sus artículos, confianza conseguida con años de trabajo. Así mismo, en los caseríos se habían habituado a que les trajeran la oferta a su casa y de esta forma se despreocupaban de ir a buscarla a las poblaciones.

A partir de los 65 años, redujo su actividad, visitando a sus clientes sólo por las mañanas, lo que hacía a 3, 4 ó 5 caseríos al día, para dejar definitivamente su oficio en 1999, habiendo sido, durante casi dos décadas, el único en hacerlo.

En todos sus años de trabajo sus ingresos le permitieron sacar adelante a su familia y tiene un buen recuerdo de su trabajo y del tipo de vida, pues le gustaba relacionarse con la gente y especialmente, con sus compradores, a quienes consideraba como amigos, y no cree que sus primeros años de trabajo, desplazándose a pie, fueron penosos, incluso, atribuye su actual buena salud al esfuerzo físico entonces realizado.

BotijerosBotijeros. Otra actividad que se ha ejercido de forma ambulante.

 

Principales informantes

  • Agustín Pérez Fernández (Mutriku)
  • Andrés Anta Moran (Deba)