Planchadoras

A finales del siglo XIX y principios del XX, era habitual que los hoteles y familias veraneantes encargaran el planchado de la ropa a terceras personas especializadas en esta actividad, que en ocasiones, como ya lo hemos señalado anteriormente, lo llevaban a cabo junto con el lavado. En el padrón de San Sebastián  de 1871 estaban inscritas un total de 17 planchadoras y en el de 1912, transcurridos cuarenta y un años, el número se elevaba a 29. La demanda de estos servicios dio lugar a la creación de algunos talleres de planchado que empleaban, cada uno, a varias mujeres.

Las planchadoras, que normalmente aprendían el oficio de sus madres o familiares, por observación y la necesaria práctica, acababan teniendo sus clientes, (hoteles, fondas y familias veraneantes).

En el caso de los establecimientos hoteleros era el personal a su servicio el encargado de llevar la ropa, en bolsas, al domicilio de las planchadoras. Cada prenda llegaba debidamente marcada para poder identificar a su propietario, cliente del hotel. Por el contrario, en caso de las familias veraneantes, era frecuente el acudir a sus casas para su recogida y recuento.

Grupo de planchadorasGrupo de planchadoras hacia 1920 (Fototeka Kutxa).

La herramienta de trabajo básica utilizada por las planchadoras era la plancha, que hasta mediados los años  cincuenta del siglo XX, en que fueron sustituidas por las eléctricas, eran de hierro fundido, que se calentaban en la chapa superior de las cocinas de leña y más tarde de carbón. Además era importante la tabla doble, con entradas para planchar las mangas de las camisas, pantalones, etc. y la mesa, así como las tenacillas.

El trabajo de las planchadoras requería una cierta habilidad, sobre todo para el almidonado y los encañonados. El almidonado consistía en mojar la ropa blanca con el almidón desleído en agua, para que adquiriera cierta rigidez, lo que requería "coger el punto", evitando que "parezca una tabla". Se aplicaba, entre otros, a los cuellos de las camisas, que "no tenían entretelas" y a los puños, aunque no siempre. El encañonado se llevaba a cabo tras el planchado, en una esquina de la mesa, utilizando unas tenacillas (especie de tijeras con los cantos planos) calientes especiales para formar los cañones, (rizar los volantes) siendo notable el riesgo de quemar la ropa. Una vez planchada se entregaba, en unas cestas de mimbre muy ligeras, de aproximadamente 1,3 x 0,75 m., protegida por una sábana, en los hoteles "al día siguiente" y en las casas de los veraneantes, "lo antes posible".

El trabajo conllevaba penalidades, por las muchas horas que había que permanecer de pie, sin horarios ni días de descanso, con el calor desprendido por la plancha.

PlanchadorasPlanchadoras hacia 1960 (Fototeka Kutxa).